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Agua para crecer, “garantía de infelicidad”

La zona conurbada de Guadalajara debería empeñar tiempo, dinero y energías en recuperar casi 80 litros diarios por habitante de agua potable que se desperdician en la red de suministro, más de 35% del volumen total.


Agustín del Castillo – PÚBLICO

Buscar más agua en las cuencas contiguas a la ciudad en vez de recuperar la que aquí se tiene y usarla de forma racional, permite atisbar grandes negocios para ciertos ámbitos del sector privado, como el inmobiliario, pero en modo alguno generará una “ciudad más feliz”, advierte el reconocido científico ambientalista Pedro Arrojo Agudo, premio Goldman 2003 y titular del programa de Nueva Cultura del Agua de la Universidad de Zaragoza, España.

De visita a Guadalajara como invitado estelar del II Encuentro Internacional de Organizaciones Ciudadanas por el Agua, el experto destaca la necesidad de que las naciones del Tercer Mundo no se asuman con el derecho a provocar la devastación ambiental para desarrollarse simplemente porque esto fue parte de la receta que siguieron las naciones industrializadas; a fin de cuentas, el daño repercutirá siempre en los más pobres y sólo beneficiará a los más pudientes. Pero cambiar esa idea exige participación ciudadana intensa, algo que todavía no se ha consolidado en estos países.

Arcediano, explica, es la “presa más irracional de las que conozco”, y en contrapartida, se tienen pérdidas de agua en la red de más de 35 por ciento (según datos del SIAPA). “Ahí tenemos un problema, se está perdiendo agua potabilizada, lo cual es absurdo, agua clorada; cuando uno se mete a recuperar en la red, los primeros metros cúbicos son los más baratos; mejorando la red te saldrá cada metro cúbico en menos de 20 céntimos de dólar; es mucho más barato que Arcediano y de más calidad porque ya es agua potabilizada; cuando ya se vaya mejorando y se tenga una red como en el centro de Europa, que deja fugar menos de 7 por ciento del agua, entonces vendrá la fase más cara de recuperación, y habrá que discutir hasta dónde se llega en la mejora de la red, pero ahora está tan lejos de una situación razonable el nivel de pérdidas, que atacarlo sería una de las primeras prioridades”.

Cifras oficiales mencionan cerca de 80 litros desperdiciados por persona al día. Esto lleva más de un tercio de los 9,200 litros de agua potable que se distribuyen en la ciudad (con 3.6 millones de personas servidas por el SIAPA). Sí las pérdidas se redujeran a los parámetros citados por el experto, habría más de 2,400 litros extra por segundo.

¿Qué más se puede hacer? “Otra opción es la depuración de los retornos [de aguas residuales]; cuando retornas aguas en condiciones adecuadas, regenerarla y meterla a una segunda red de ciudad para usos no potables, como es tirarla a la cisterna del baño, lavar el coche, regar el jardín, te permite estar hablando de segundas redes con costos que no rebasarían los 20 o 25 céntimos de euro, y que es más barato que cualquier otra acción; quiere decir que tenemos posibilidades que son más avanzadas y más razonables económicamente, y sobre todo más racionales social y ecológicamente”.

¿No cree que en el caso de Guadalajara y muchas ciudades de México, la prioridad es crecer, más allá de cómo se crece?

Sí, ese discurso está en todos lados, y se sigue dando […] yo vivo en una ciudad [Zaragoza] que tiene 700 mil habitantes, y del alcalde, que es una persona muy razonable, su lema es que pronto vamos a ser más de un millón, y eso qué quiere decir, ¿que vamos a ser más felices? No, menos felices, estamos en una visión absurda del crecimiento, es como si usted pensara que va a ser más feliz si crece en gordura y en tamaño; creo que estamos en un paradigma equivocado; para ser felices no hay que crecer en cantidad, hay que crecer en calidad, crecer en democracia, crecer en derechos, crecer en humanidad, crecer en interrelación, en capacidad de vivir la vida entre los vecinos, en seguridad, cosas que no significan consumir más; entonces lo primero es cuestionar el modelo ese de ser más felices por crecer, no es verdad y en el caso de México es evidente en los niveles que se ha llegado de urbanización, que es la garantía de infelicidad, es difícil construir una ciudad feliz cuando hay tal cantidad de población desvertebrada, como en la ciudad de México.

Y siendo tan evidente, ¿por qué empeñarse en ese camino?

[…] lo que pasa es que esto para los políticos no suele ser popular porque ojos que no ven, corazón que no siente, y las tripas de la ciudad no las vemos, el agua que se fuga no la vemos, pero si de repente ponemos dinero público y esfuerzo colectivo, si tenemos que abrir una calle para renovarle las tripas a la ciudad, eso si no lo explicamos bien, colapsa y luego es impopular, entonces lo primero que tenemos que hacer es la educación ciudadana, que estemos concientes de nuestras responsabilidades […] frente a problemas de cantidad mejoremos nuestra eficiencia, integremos la cuestión de aguas subterráneas y superficiales porque ahí tenemos una buena reserva, gestionemos las aguas de lluvia […] tenemos un montón de alternativas interesantes, más baratas, más razonables, que hacer las viejas políticas del hormigón en donde ‘yo ordeno y mando’, con la destrucción de la naturaleza.

Pero hay intereses fuertes contra eso…

Claro, también hay responsabilidades perversas de fondo. Los intereses económicos, de especuladores o de productores legítimos que ponen por delante su derecho a ser más ricos, que el derecho al agua potable de los otros: ahí la responsabilidad de la clase política es absoluta, su misión no es proteger a los más ricos, sino proteger el patrimonio común y el interés general de la sociedad; por eso es más imperdonable todavía que habiendo intereses corruptos o legítimos detrás de esto ellos se dejen vencer por ellos […] México debe combatir y derrotar la corrupción hidráulica.

¿Y eso cómo se logra?

Pues a nadie se la dado gratis la democracia, en todas partes se ha dado con la lucha de la gente, porque la tendencia a la corrupción del poder, del poderoso, es humana, no es mexicana, chilena o española. Es una lucha que debe dar la gente, saliendo a las calles y reclamando, como sucedió en España y en Estados Unidos.

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