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La barranca, la siguiente área natural a proteger

Comenzó la consulta para un decreto de protección en las barrancas de los ríos Santiago y Verde, donde se preservará el agua de Arcediano.

Hoy mismo, el Santiago padece una grave contaminación de sus aguas. Protegerlas obligaría a sanearlas. Foto: Rafael del Río

El Gobierno federal propone 56 782 hectáreas para reserva ecológica

Agustín del Castillo – PÚBLICO

La presa Arcediano va a requerir agua de calidad para satisfacer la creciente sed de la segunda zona urbana del país. Y ése es uno de los objetivos centrales de la nueva área natural protegida que el gobierno federal pretende decretar en más de 56 mil hectáreas de los cañones del río Verde y Santiago, que en caso de lograrse, será la tercera reserva ecológica más extensa de Jalisco.

Por ello, el pasado 1 de febrero, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) puso en consulta el “estudio previo justificativo” (www.conanp.gob.mx) para establecer el área de protección de recursos naturales Barrancas de los ríos Santiago y Verde, la cual se extenderá a lo largo de doce municipios jaliscienses: desde Juanacatlán hasta Amatitán, de oriente a poniente, por el Santiago, y de Tepatitlán a Ixtlahuacán del Río, de norte a sur, por el Verde. Se trata de 115 kilómetros de hondonadas talladas por ambas corrientes fluviales, entre 890 y 1,350 metros sobre el nivel del mar.

Con esta declaratoria, se logran varias cosas: por un lado, cumplir de forma sobrada una de las “condicionantes” de impacto ambiental que impuso la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) al autorizar la obra de la presa, que fue establecer un área protegida contigua, que inicialmente era de sólo nueve mil hectáreas. Una segunda condición fue proteger el agua a nivel cuenca para garantizar una calidad óptima en el vaso artificial. “La utilización de estas corrientes como fuente de agua potable haría impostergable la obligación de cumplir con las normas oficiales sobre tratamiento de aguas residuales a lo largo de los cauces de los ríos”, señala el documento de consulta.

Y allana el camino a una tercera condición de la Semarnat: preservar la flora y fauna local, estudiarla y fomentar su reproducción, sobre todo en el caso de las especies protegidas por afrontar algún tipo de riesgo de desaparecer.

Pero por encima de los trámites administrativos, es el primer paso serio para alcanzar el rescate de esta formidable falla natural. “El área protegida requiere concebirse vinculada a su importante colindancia urbana”, pues hay una frontera de unos 70 kilómetros con la zona metropolitana de Guadalajara.

“Pese a su gran valor ambiental y paisajístico, la ciudad históricamente le ha dado la espalda a la barranca, acumulando en sus bordes la degradación, la basura y la pobreza urbana; vertiendo por sus laderas sus aguas negras que contaminan el río Santiago. No es permisible que la ciudad desperdicie y deteriore, en forma tal, tan valioso patrimonio”.

El área de protección de recursos naturales tendrá así uno de los retos más importantes para cualquier reserva protegida en México: que la metrópoli de más de cuatro millones de habitantes deje de dañarla. Si el proyecto tiene éxito, se elevará la calidad de vida citadina. Por eso es un proyecto esencial para el futuro de la urbe de nombre árabe, Wad-al-hidjará, que, por cierto, significa fluvium lapidum o “río entre piedras”.

La frontera indómita

La historia de la colonización española en Jalisco revela el papel clave de las barrancas del Santiago y el Verde como zonas de contención. Dificultaron tanto la conquista europea hacia el norte como la extensión al sur de la rebelión caxcana, y fueron “destino” de la propia ciudad errante. Guadalajara se asentó de forma definitiva, hasta su cuarto sitio, en la planicie de Atemajac, protegida de los embates indígenas por las formidables simas de agua entre bosques tropicales secos.

El posterior olvido histórico no lo fue para los hombres de talento, arrobados ante la magnificencia del áspero paisaje. El tapatío José López Portillo y Weber la llamó “la cicatriz que hizo en la tierra el dios Plutón”, y el oaxaqueño José Vasconcelos relató su visita de 1929 en el cuarto libro de sus memorias, El proconsulado: “Hicimos un alto en el mirador natural, desde donde se abarca el espectáculo de la barranca, un poco abrupto, pero imponente. Cerca de mil metros, si mal no recuerdo, baja la quebrada, cubiertas sus dos laderas de vegetación de diversos climas; en torno, la extensión es desierta, salpicada de arbustos, la tierra amarilla. Uno de esos panoramas inhumanos y grandiosos, tan frecuentes en nuestro desamparado territorio…”.

A partir de los años setenta, el olvido se transformó en daño.

Hoy es peor que nunca. “En la cuenca Santiago-Guadalajara, la principal fuente de contaminación son las aguas residuales tanto municipales como industriales, ya que 20 por ciento de las aguas municipales no se colecta en el alcantarillado y la mayor parte de la que sí es colectada se vierte sin tratamiento alguno al cuerpo receptor”. De este modo, “el agua del río Santiago es turbia y maloliente”.

Los contaminantes más comunes, agrega el texto, son coliformes fecales, materia orgánica, grasas, aceites y detergentes, “las que están mezcladas con aguas industriales que contienen además metales pesados y compuestos orgánicos sintéticos”. En promedio, cada año se arrojan al río 93,768 toneladas de contaminantes.

Un problema añadido es la basura: los vertederos de la zona metropolitana se ubican en cuencas tributarias al Santiago y generan desechos líquidos. Se estimaba en 1998 que habría enterradas más de cinco millones de toneladas de desechos en torno a la metrópoli.

Y a este cuadro de perjuicios nacidos por el desprecio, se agregan otros nacidos de la avaricia: “Una actividad extractiva que tiene impacto sobre la fauna local es la captura de aves de ornato, utilizando redes de niebla y trampas de resorte en diferentes localidades, según las especies buscadas […] en las áreas de cañadas húmedas se capturan mulatos, calandrias, pericos y mirlos. En la zona de transición entre el bosque tropical caducifolio y las áreas de cultivos, o en las orillas de caminos, las aves capturadas con mayor frecuencia son zenzontles, primaveras, gorriones azules y de pecho rojo, cuitlacoches y algunas aves de presa como el cernícalo y el halcón de cola roja”.

Las aves capturadas “son comercializadas principalmente en Guadalajara, en lugares como El Baratillo, el mercado Libertad y en diversos tianguis”. El aprovechamiento de fauna es ilegal, de acuerdo con la Ley General de Vida Silvestre. “Por otra parte, dado que la cacería se realiza sin respetar épocas, género, edades ni especies, afecta adversamente la abundancia de fauna. Aunque la principal especie aprovechada es el venado cola blanca, los cazadores no desprecian otras especies como el jabalí, el armadillo, la ardilla, el conejo y las palomas”.

Otros animales, como el coyote, el mapache, el coatí, la zorra gris, el lince o gato montés e incluso el puma “son cazados aunque de manera incidental durante las expediciones en busca de venado”.

El espacio mantiene, no obstante, una alta riqueza biológica. Tiene una red de 131 arroyos perennes y 985 corrientes intermitentes con una longitud total de 492 kilómetros. Este amplio tejido de agua arropa a seis comunidades vegetales, como la selva o bosque tropical caducifolio. Hay 946 especies de flora y 294 especies de vertebrados; unas 45 especies están protegidas en la NOM-059-SEMARNAT-2001.

La consulta está abierta. La sociedad metropolitana y la rural en torno a Guadalajara tienen la palabra.

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