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Los “Mártires del Río Blanco”


Alejandra Guillén . EL INFORMADOR

Encorvada, Andrea espera sentada en la dirección de la escuela “Mártires del Río Blanco”, con sus diminutas manos en el vientre, una mochila rosa a cuestas y los pies colgando de la silla.

Que si desayunó. Sí. Que si comió algo que le hiciera daño. No. Que si es común que le duela el estómago en horas de clase. Sí. Tan común como a los dos, tres, cuatro o hasta siete niños que casi a diario regresan a casa por el mismo padecimiento o por la jaqueca que les provoca “quién sabe qué cosas” que se evaporan de las aguas espumosas del Río Santiago, ubicado a poco más de 30 metros de donde aprenden a multiplicar, a leer, a explorar el mundo, a hacer amigos, a comer fritangas y tortas a la hora del recreo y a reflexionar que están rodeados de las ruinas de lo que fue un paraíso.

Que los alumnos hagan “honor” (si a eso se le llama honor) al nombre del plantel, no es un asunto desconocido para las autoridades del Estado, ya que la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ), dictó en 2008, la medida cautelar de trasladar a los pequeños a otras instalaciones, para evitar que respiren el ácido sulfhídrico (que se concentra a su altura, al ser más pesado que el aire) que golpea los sentidos por su condensado olor a huevo podrido –o a basura, a perro muerto, a cochinada, a caño, a asqueroso, de acuerdo con los expertos en el tema de primer grado de primaria-, que carcome la garganta y arranca las náuseas desde lo más profundo del ser.

El secretario de Educación en Jalisco, Miguel Ángel Martínez Espinosa, dice que la versión de que construían otro plantel es incorrecta, y que ya los movieron a otro módulo de salones que no tiene acceso al pasillo desde el cual se contempla la espuma blanca algodonosa que cubre el afluente, que se eleva en formas de nube con la caída de la cascada y que cae constantemente en la piel de los estudiantes.

La justificación es que la Secretaría de Salud no ha hecho el dictamen para determinar si realmente les afecta o no estudiar en ese sitio, y porque aunque existiera, el municipio no les ha otorgado ningún terreno donde puedan construir.

Vecinos e integrantes de organizaciones civiles señalan que no hay que ser expertos para determinar que existen riesgos a la salud. De cualquier forma, existe un estudio epidemiológico, elaborado en 2005, que demuestra que los niños de la escuela “Mártires del Río Blanco” enferman cuatro veces más que los que no están expuestos al ácido sulfhídrico. Entre sus padecimientos están la fatiga, infecciones, dolor de cabeza, menor capacidad pulmonar, irritabilidad, entre otros.

No hace falta hacer estudios para saber que su salud corre riesgos. De cualquier forma, un estudio epidemiológico señala que el ácido sulfhídrico “es uno de los gases más tóxicos que existen en la naturaleza y sus efectos pueden alterar el bienestar del entorno y salud humanas”. Indica, asimismo, que la toxicidad del ácido sulfhídrico es similar a la del cianuro, ya que “bloquea la capacidad de carga del oxígeno de la sangre, inhibe el centro respiratorio en el cerebro y bloquea el metabolismo aerobio de las células”.

Para Juan Gallardo Valdez, investigador del Centro de Investigación y Asistencia en Tecnológica y Diseño del Estado de Jalisco AC (CIATEJ), este gas “es uno de los más tóxicos que existen en la naturaleza y sus efectos pueden alterar el bienestar del entorno y salud humanas”.

De acuerdo a la Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades (ATSDR) en Estados Unidos, la exposición a concentraciones bajas de ácido sulfhídrico puede causar fatiga, dolores de cabeza, mala memoria, irritabilidad, mareo y alteraciones de las funciones motoras. Además, las personas con problemas cardiacos o del sistema nervioso son más susceptibles a los efectos de dicho gas.

Huya el que pueda

Son las 11:00 horas. La chicharra anuncia el receso. Niños y niñas de todos los grados se agrupan. ¿Alguna vez les han dicho que serán trasladados de escuela? “¡No!” gritan al unísono. ¿Se enferman normalmente de…? Las voces se empalman: “Sí, de la panza”, “de los ojos”, “me raspa la garganta”, “mi tío se murió por el río”. ¿Sus papás han tratado de cambiarlos de escuela? “¡Sí!” ¿Y qué pasó? “No hay cupo en ningún lado”, coinciden todos a la hora más intensa de la peste, a la que, dicen, ya se acostumbraron.

Quien no quiere acostumbrarse es la nueva directora, Amabel Duarte Vázquez. Desde que llegó, en mayo, se le inflama la piel, tiene alergias; está cansada como nunca. “Estuve unos días incapacitada. Voy al doctor y me dice que no tengo nada, que mi organismo resintió el lugar, que me estoy adaptando… pero no quiero adaptarme a esta contaminación. Siento que lo de la piel es la brisita que nos cae constantemente del río y que no la percibimos”.

Duarte Vázquez viste blusa azul, accesorios y sombras del mismo tono en los ojos, los cuales están irritados desde que abre la puerta. Comienzan a salir las palabras impresas de su desesperación, y su mirada enrojece aun más cuando se humedece. “Yo era maestra en Padros Vallarta y me movieron para acá. Veo la situación muy preocupante, tuve que clausurar los baños de atrás para tapar los olores más fuertes. Ningún niño tiene permitida la entrada. La verdad me pregunto porqué no se ha hecho nada, por qué no se les brinda un lugar adecuado”.

Está desesperada y cuando consiga una permuta, se irá. Huirá. Lo reconoce. No puede arriesgar su salud. “Yo no soy de aquí, puedo irme, aunque esté muy encariñada con los niños. Pero, ¿qué pasará con todos ellos que aquí crecerán?”

Cuenta que en su trayectoria nunca había visto niños tan inquietos y que tengan tantos problemas de atención. Tampoco había visto que de 200 alumnos –del turno matutino-, alrededor de 26 falten diariamente. Y mucho menos, que otros tantos regresen a su casa por los mismos padecimientos. “Acabamos de hacerle una carta a un niño para que ver si lo reciben en otra escuela. El doctor le dijo que si no lo cambiaban, no se va a curar; lo vamos a apoyar porque primero es su salud. Desafortunadamente hoy (el viernes) no vino, porque está enfermo”.
La maestra Rosy ha visto pasar más de 20 generaciones y los últimos siete años ha visto que salen menos preparados. “No tienen la misma capacidad que antes”. Opina que moverlos de plantel no resuelve. “Tendrían que mover a todo el pueblo, porque los niños viven aquí. Lo que tienen que hacer es sanear”.

Si en verdad no hay otro sitio para trasladarlos, la directora prefiere refugiarse debajo de un árbol, de manera que las sumas y las restas se aprendan donde sí hay oxígeno.

A principios de 1920, quien puso el nombre a la escuela de los Mártires del Río Blanco sólo pensó en que ahí estudiarían hijos de los obreros de las fábricas asentadas en El Salto. Nunca imaginó que el antes llamado Niágara mexicano se convertiría en el afluente más contaminado de Latinoamérica, que enfermaría a la población cercana, ahora víctimas del Río Blanco.

“Inadmisible”, decir que no pasa nada: CEDHJ

Para el tercer visitador de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ), “es inadmisible” que digan que en la escuela “Mártires del Río Blanco” no pasa nada, “merece mi molestia y lo repruebo”.
Explica que en la macrorrecomendación (01/2009), señalan que las escuelas cercanas a las márgenes del Río Santiago y del canal de El Ahogado, operan en condiciones no adecuadas para los menores. Es decir, se vulneran los derechos de la niñez y “esperamos que las autoridades atiendan este llamado, ya que así se han comprometido y así lo han manifestado; de no ser así, sería muy lamentable que se justifiquen con la falta de estudios que el propio Estado tiene que realizar. El Estado debe garantizar sus derechos, sería lamentable que no tengan la sensibilidad para garantizar su derecho a la salud y a la educación”.

Opina que las autoridades de Jalisco no pueden responderle así a la niñez. México ha firmado convenios internacionales en los que se compromete a proteger los derechos humanos de niños y niñas, “estamos obligados a cumplir y a destinar dinero para que se cumpla”.

En caso de no cumplir, dice que la CEDHJ no puede hacer más, pero algunas organizaciones ya piensan en acudir a instancias fuera del país como un mecanismo de exigibilidad. “Basta acudir a ese punto para darnos cuenta del entorno de las aguas contaminadas. Las investigaciones arrojaron la vulneración al medio ambiente, al sano esparcimiento”.

Por su parte, Raúl Muñoz, de El Salto, quien ha documentado las enfermedades que padecen los habitantes, reprueba la respuesta del secretario de Educación: “Es desesperante ver la insensibilidad. Es ridículo que no tengan a dónde moverlos. ¿Por qué no, en vez de gastar en conciertos como el de Jalisco en Vivo (el cual seguramente supera los 16 millones de pesos del evento que realizó el Gobierno en Puerto Vallarta, hace una semana) o de dar donativos a empresas y a la Iglesia, los usan para proteger a los niños? ¿Qué la vida humana no vale más que un espectáculo? Ya basta”.

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