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Los retoños grises de la economía verde

Una economía que tenga como eje el respeto al medio ambiente puede ser un nicho de oportunidad, aunque monetizar la naturaleza puede no satisfacer las necesidades de todos…

Por Erick Falcón para la revista Magis, del ITESO.

01 de octubre de 2012.-Quizá por su naturaleza profesional, Ernesto Sánchez Proal es una de esas personas fanáticas de la reinvención. Todo buen ingeniero conoce al menos un par de chistes de cantina que juegan con palabras como “máquinas” o “automatización”, pero a Ernesto le llegó un momento en el que su vida personal parecía tener semejanza con las líneas de producción de Jabil Circuits, la empresa donde trabajó más de una década.

Después de casi once años en la cumbre del éxito corporativo, en los que alcanzó la Dirección Regional del corporativo estadunidense en Guadalajara y fue nombrado “industrial distinguido” por la Cámara Nacional de la Industria Electrónica, de Telecomunicaciones y Tecnologías de la Información (Canieti), Sánchez Proal decidió que no todo estaba escrito aún. Había que escapar de la zona de confort. Arriesgarse.

Recordaba la vieja parábola bíblica de los tres siervos que reciben monedas de su amo y, por alguna razón, pensaba que había comenzado a asemejarse al que enterró el dinero. Tenía algunos años buscando algo propio; sentir la emoción de quien comienza un proyecto personal. Hacer algo con sus conocimientos que marcara una diferencia. Una empresa propia.

“Fue una apuesta grande, pero si yo no hubiese hecho esto, una década después, ya sin la energía para arriesgar, hubiese estado muy arrepentido de lo que no hice”.

Ernesto es una de esas personas que toman decisiones bien documentadas. Por eso apostó por lo verde. Bueno, con halos azules y amarillos, quizá: la industria de energías alternativas. Los negocios verdes.

Sánchez Proal fundó ENERI, empresa especializada en el desarrollo de software y hardware para la administración de energía, que permiten controlar a distancia equipos y dispositivos para usar la electricidad de forma más eficiente y medir el rendimiento de los sistemas de infraestructura de distribución de energía eléctrica, como los de empresas como la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

“Hay un factor económico en la toma de decisiones en las empresas que está llevando a reducir costos de energía, pero el otro impulso fuerte es el costo ecológico a través de provocar el calentamiento global por las emisiones de carbono. Cada vez hay más regulaciones para que los países y las empresas tomen medidas en contra de esto”, explica Sánchez Proal.

Ernesto Sánchez Proal, fundador de ENERI. FOTO: Luis Ponciano.

El negocio ha ido bien para este egresado del ITESO en Ingeniería Electrónica. Provee a compañías como Seven-Eleven, Sanmina-sci, firmas de software, centros comerciales y clínicas alrededor de Guadalajara, entre otras. Al igual que él, docenas de profesionales y empresas del país se han montado en esta nueva tendencia ecológica en busca de crear productos y servicios menos adversos al medio ambiente, pensando en el desarrollo sustentable. Algunos lo llaman la economía verde.

Es necesario transformar o degradar recursos naturales para fabricar los autos, laptops, cosméticos y demás productos que la fórmula de la economía de consumo exige para mantener un óptimo crecimiento. El gran debate es si necesitamos un nuevo modelo económico: ¿se puede mantener la actitud capitalista del for profit y el business as usual si se incorpora el respeto al medio ambiente a la ecuación?

 Todavía no llega la primavera…

… pero en México, esta nueva forma de capitalismo con tintes ecológicos ya está dando ciertos retoños; por ejemplo, la industria de equipos de energías alternas. Los calentadores solares y paneles fotovoltaicos representan una industria que crece en promedio 10 por ciento cada año, según reportó el periódico Excélsior en julio del año pasado, considerando que en este periodo el programa Hipoteca Verde de Infonavit calculaba que colocó 450 mil equipos en casas vendidas entre 2011 y 2012.

Sin embargo, los especialistas reconocen su potencial. En el mundo de los negocios, la innovación es una de las características más deseables para generar mayor rentabilidad en ventas, mejor rendimiento de costo/desempeño o un ambiente laboral más eficiente. Y Ernesto sabía que había algo importante por venir en este campo. “Yo creí que tenía la capacidad de crear un negocio y crecerlo. Me parecía que el negocio presentaba oportunidades interesantes para montarse sobre una megatendencia, y eso haría crecer a la empresa”.

Y vaya tendencia. Tan sólo el mercado de las energías renovables se calculaba en 450 mil millones de dólares en el ámbito mundial para este año, según New Energy Finance. La Oficina Internacional del Trabajo (OIT) estimó en mayo de 2012, que avanzar a una economía mundial más sustentable tendría el potencial para generar entre 15 y 60 millones de nuevos empleos en los próximos veinte años, y sólo impactaría a uno por ciento de la fuerza laboral.

El problema del medio ambiente ha traído toda una gama de soluciones innovadoras que ha permitido a miles de empresas en el país generar mayores utilidades gracias al desarrollo de productos diferenciados, asegura Manuel Ramírez Landa, catedrático de la Universidad del Valle de México.

“El desarrollo de negocios verdes no es la moda sino la base de una cultura de Responsabilidad Sostenible Corporativa. En consecuencia, la responsabilidad ambiental se observa como una oportunidad de ganancias para el crecimiento de las empresas, y no como una externalidad al modelo del negocio”, menciona Ramírez Landa en un texto publicado en el portal cnn-Expansión.

El académico hace notar que el papel del Estado es crucial en esta problemática. Ya existen programas y resultados concretos. A través del Programa Nacional de Auditoría Ambiental de Semarnat, que busca mejorar el desempeño ambiental de las 1,250 empresas inscritas, se logró ahorrar 333 millones de metros cúbicos de agua en 2011, que es lo que consumen en doce meses los estados de Querétaro y Zacatecas; 13 millones de dióxido de carbono, que es lo mismo que sacar de circulación 231 mil autos, y 8,905 millones de kw/hora de electricidad, suficiente para abastecer al Distrito Federal un año entero.

El tema energético es uno de los más atractivos, pero este mercado no es sólo sobre demanda. Emprendedores como Ernesto han logrado competir contra grandes trasnacionales y conseguir contratos interesantes gracias a que conocen de cerca el enfoque ambiental del proyecto, y no sólo el lado comercial. En abril del año pasado, y gracias a su conocimiento estratégico sobre sistemas de eficiencia energética, eneri aterrizó un contrato de la cfe para instrumentar el medidor eléctrico inteligente diseñado por la compañía para un proyecto de smart grid de la paraestatal en el valle de México.

Pero la cuestión no se detiene ahí: la cruzada por tratar de ser más sustentable ha llevado a las empresas mexicanas a romper paradigmas: desde consumir bolsas biodegradables hechas con polímeros a base de fécula de maíz hasta el método tecnológico para asearse después de ir al baño de Sanicare México. Por lo pronto, el Instituto Nacional de Ecología ya está trabajando en un estudio nacional que tenga estadísticas reales del potencial de la llamada economía verde en México.

El paradigma de reverdecer la economía

Pensar en la sustentabilidad lleva a replantear toda una infinidad de microconductas que conforman una mentalidad, por decirlo así. Y no todo el mundo está dispuesto a cambiar o a corregir acciones desastrosas para el planeta. Vaya, intente usted no cumplirle a su hijo el capricho de comprarle las tortuguitas de orejas rojas que venden en la tienda de mascotas. La mía sigue viva a sus 26 años de edad, en su vieja palangana de plástico en el cuarto de lavar de la casa de mis padres en la desértica Ciudad Juárez. Trate usted de reincorporar a su tortuga a su hábitat en la cuenca del Mississippi y me explica cómo lo hizo.

Pero si usted puso atención, encontrará que la industria de devolver tortugas mascota a Mississippi podría ser un buen nicho de negocios. ¿En qué ciudad no hay al menos 20 o 30 tiendas de mascotas que vendan combos de tortuguitas con todo y playita de plástico a 300 pesos? Entre 1989 y 1997, al menos 52 millones de estas tortugas fueron exportadas desde Estados Unidos al resto del mundo, según el Invasive Species Specialist Group de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Afortunadamente, las Tortugas Ninja ya pasaron de moda desde entonces.

La idea no es tan disparatada. Usualmente es más barato prevenir que remediar un problema. En el caso del cambio climático, costaría tres veces más permanecer sin hacer algo que lo que cuesta mitigar sus efectos, según cita el economista Luis Galindo en el documento “La Economía del Cambio Climático”.

De hecho, el factor del clima comenzó a pesar en las arcas nacionales gracias al aumento en la frecuencia con se presentan los huracanes y otros desastres naturales ligados al cambio climático. El periodista Feike de Jong documentó un gasto de 11 mil millones de pesos entre enero y septiembre de 2010 provenientes del Fondo Nacional contra Desastres (Fonden). Cuando se consideran éste y otros pequeños factores, como los daños a la agricultura por inundaciones y consiguientes hambrunas o el impacto social que todo esto conlleva, sobra decir que es mejor hacer algo.

Aquí viene lo complejo. No hay que esperar a que el niño caiga al pozo para taparlo. Mejor hay que invertir en una barda de contención. ¿Pero si el pozo es necesario para sacar agua potable? Entonces será mejor gastar en un programa de concienciación para que los niños eviten jugar cerca del pozo; o tal vez comprar un gps que permita “geolocalizar” a los niños y nos alerte si el infante está jugando demasiado cerca de éste. De cualquier forma, es necesario hacer algo. Y usualmente la solución requiere inversión.

Es aquí donde nace el principio de la economía verde: “fomentar el crecimiento y el desarrollo económico, al tiempo que asegura que los bienes naturales continúan proporcionando los recursos y los servicios ambientales de los cuales depende nuestro bienestar”, según la definición que ofrece la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde).

La idea, explica la doctora Isabel Studer, directora del Instituto Global para la Sostenibilidad, es promover el consumo y la producción sustentables, reducir residuos, consumir energía de forma más eficiente, reducir las emisiones de carbono, mejorar la productividad y la creación de empleos y, sobre todo, abrir nuevos mercados para tecnologías, servicios y bienes verdes.

El debate de la curva verde de Kuznets

Desde el inicio de la humanidad, la relación entre el crecimiento económico y el medio ambiente ha sido parasítica en favor del primero. Ninguna empresa, ni país o individuo pueden operar, o siquiera existir, sin causar algún impacto, por mínimo que éste sea, al medio ambiente. Si la tecnología existe, el costo es demasiado elevado, como, digamos, equipar una casa Net Zero Carbon Emission —con la tecnología y los materiales sustentables que le permiten obtener una certificación de cero impacto ambiental, que en México aún no se tiene—. Y si ni el costo ni la tecnología son un problema, usualmente el entorno social es reacio o intolerante al cambio, o de plano la ejecución práctica resulta una loquera. Si no, deje de usar papel de baño y viva a oscuras durante un año, como narra el escritor neoyorkino Colin Beavan en su libro No Impact Man, donde trata de vivir una vida familiar cien por ciento sustentable y sin generar impactos ambientales durante ese tiempo.

El debate está polarizado entre dos facciones. Los primeros son aquellos que creen que es imposible mantener un crecimiento económico sin hacer una extracción de recursos naturales ni generar residuos y contaminación que en algún momento rebasen la capacidad de la biosfera para asimilarlos, por lo que los países deben dejar a un lado la noción del crecimiento económico, explica el doctor Theodore Panayatou, especialista en política económica ambiental de Harvard.

En el otro extremo están quienes argumentan que para mejorar el medio ambiente se requiere que haya crecimiento económico: “Como lo dice W. Beckerman, la correlación entre un mayor ingreso y el nivel en el que se adoptan medidas de protección ambiental demuestra que, a la larga, la manera más segura de mejorar tu medio ambiente es volverte rico”.

Sin embargo, hay una tercera línea de pensamiento, conocida como la Curva Ambiental de Kuznets: varios indicadores del medio ambiente, como la biodiversidad y las emisiones contaminantes, se degradan en las etapas tempranas de crecimiento económico de un país, hasta que llega un punto en el que la curva comienza a invertirse a medida que una población con mayor ingreso y más capacidad económica comienza a demandar mejoras en la calidad del ambiente, a la par que el país reorienta su economía hacia los servicios y las tecnologías de información, lo que reduce la degradación ambiental.

Organizaciones como GreenWikia advierten que esta hipótesis no aplica para todos los contaminantes ni situaciones. El caso de China no ilustra una curva de Kuznets convencional. Las emisiones de dióxido de carbono tienden a crecer a la par del ingreso per cápita, a menos que se reduzca drásticamente la dependencia de combustibles fósiles, por lo que no se puede aceptar que una fórmula a base de puro crecimiento económico fuese capaz de llevar a la sustentabilidad ecológica deseada.

El otro lado de la moneda: colonialismo verde

La idea de una economía verde es el centro de una controversia mundial a raíz del deterioro de las condiciones ambientales y de los recursos naturales de muchos países. Es bien sabido que los países del Primer Mundo y los países de las economías emergentes tienen amplias diferencias que no logran traducirse en acuerdos universales. El intento más reciente, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible, celebrada en Río de Janeiro, Brasil, a finales de junio, quedó sólo en eso: un intento más.

El gran problema es que los países ricos buscan mantener un crecimiento más sustentable repartiendo la cuenta, es decir, haciendo corresponsables a los países emergentes, que buscan el crecimiento económico. Estos países exigen que sean los ricos —los que más han consumido recursos y generado más contaminación, como Estados Unidos y China—, los que paguen la cuenta, financiando las tecnologías y los programas para reducir las emisiones de los emergentes, como México, Brasil o India.

En la pasada cumbre de Río+20, el presidente boliviano Evo Morales calificó a la economía verde como una nueva forma de colonialismo, porque los servicios básicos, que son obligación del Estado, quedan en manos privadas que lucran con los recursos. El Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración afirma que la economía verde beneficia a grandes corporativos, al construir alianzas para explotar la biomasa de los países y controlar los recursos naturales, generando amplias desigualdades sociales, según cita el portal Tierramérica.

Tome como ejemplo el agua embotellada. En México no existen plantas de tratamiento de agua que certifiquen que el agua de la llave es segura para el consumo humano. El ciudadano común no tiene laboratorios de medición de metales pesados y análisis bacteriológicos para revisar su agua, por lo que se hizo dependiente del agua embotellada que está en control de unos cuantos terratenientes y corporaciones. Una botella de 500 ml de agua cuesta casi lo mismo que una lata de refresco comercial; para aquellos con menos posibilidades, comprar el agua suficiente para el consumo de toda una familia puede ser insostenible.

Si bien el respeto al medio ambiente es un factor necesario por considerar en la fórmula de crecimiento económico continuo que impera en el sistema capitalista hoy en día, aún hay mucho que hacer al respecto: la economía verde tiene todavía muchos matices del gris. m

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