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Puente Grande, un pueblo enfermo por el Río Santiago

A unos metros del pozo del que la delegación obtiene agua, por las noches brotan los desperdicios del rastro El Edén. R. PÉREZ

EL INFORMADOR

Lo que hace más de dos décadas fue el epicentro de la alegría en Puente Grande, Tonalá, hoy es símbolo de enfermedad, estrés y muerte. Todos los vecinos asentados cerca del Río Santiago (a unos metros el puente histórico de Tololotlán) tienen historias que contar de dermatitis, tifoidea, leucemia, cáncer, asma, insuficiencia renal, dolores de cabeza, nervios y un largo etcétera del cual ninguna dependencia tiene cifras oficiales.

“No hace falta que los hagan”, asegura la toxicóloga Luz María Cueto. “Todos los que se ubican cerca del agua contaminada van a tener los mismos efectos que los que viven río arriba, como en El Salto y Juanacatlán. Y ya sabemos que están enfermos; aquí se trata de que no quieren (las autoridades) evidenciar lo que está pasando”.

A menos de 10 metros de algunas fincas y del pozo del que la delegación obtiene agua para dotar a la gente de Puente Grande, se asoma un tubo blanco del que caen por las noches chorros de sangre del rastro El Edén, que convierte al río en cualquier cosa menos en un edén. En ese punto se mezcla con lo que ya trae el afluente de las descargas de industrias, de Guadalajara, del penal de Puente Grande, del basurero Los Laureles y de un par de porcícolas (entre ellas Venagen, la segunda más grande asentada en la cuenca del Santiago).

El médico David Águila Orozco, quien desde hace 13 años atiende frente a la plaza de Puente Grande, asegura que cada vez tiene más pacientes con dermatitis y enfermedades respiratorias. “Definitivamente está relacionado con la contaminación. De los problemas de salud más graves ya no me entero, porque van a otro lado”. ¿Conoce algún lugar que tenga más problemas de salud? “Pues si no peor, estamos igual que El Salto”.

La Comisión de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ) tiene conciencia de que no sólo El Salto tiene problemas de salud por la contaminación. Sin embargo, en la “macrorrecomendación” no incluyeron a las poblaciones de Puente Grande y Tololotlán, porque la información la obtuvieron casi cuando estaba concluida la investigación. Uno de los puntos clave que la dependencia ha señalado es que la Secretaría de Salud Jalisco (SSJ) tiene que hacer estudios de morbilidad y mortalidad, pero ni siquiera en El Salto y Juanacatlán -que tienen los reflectores del problema- lo han hecho.

En el barrio Cantarranas, puros lamentos

Mientras la luz se disuelve y cae la sangre de puercos y reses que circuló por las venas del drenaje de Puente Grande, las señoras comienzan a salir de sus casas. Además de los enjambres de zancudos, vuela la desesperación por contar que sus vidas están empapadas del miedo de morir lentamente fumigados por “culpa del río”.
“Los candidatos vienen y prometen. Entre quien entre no les importa. Los dueños de los rastros también prometen que habrá plantas de tratamiento y pues no se ve nada”, dice Evelia Lozano.

Paradas en círculo, en el barrio Cantarranas -en el que hay todo menos cantos y ranas-, recuerdan con nostalgia y enojo que de “ahí comíamos, ahí lavábamos, de ahí nos manteníamos (sus padres eran pescadores) y ahí nos divertíamos. Este río estaba vivo. Ahora ya no se puede decir ni que es río”.

Yolanda Urenda sale de su finca –que el año pasado abandonó porque se le inundó-, la más cercana al Santiago. Adentro la espera su niña de ocho años que arde en fiebre, “pero es normal. Dice el doctor que por vivir cerca del agua contaminada se enferma de infecciones respiratorias unas 5 ó 6 veces al año. Mi esposo también; él de tifoidea y se me llena de calentura todo el año”.

Si no se ha ido es porque no tiene con qué. “El doctor nos dice que es el río, que nos vayamos, pero si nos fincamos aquí es porque no tenemos a dónde ir. Cuando se inunda, como el año pasado, nos vamos a un cuartito que le prestan a mi esposo en la granja que trabaja”. De cualquier forma, no quiere huir, quiere que “limpien, que nos devuelvan el río que nos daba de comer, porque no nomás soy yo la perjudicada: todo el pueblo está enfermo”. Antes de despedirse, alza su playera y muestra en el torso la piel tinta, infectada, que ninguna medicina la ha podido borrar.

A un lado de las descargas hay un terreno en el que los niños juegan fútbol y corren de un lado a otro por las orillas del afluente, envueltos en olor a huevo podrido que emana del ácido sulfhídrico que se genera por la descomposición de la materia orgánica.

Una mujer alza la voz y sacudiendo la mafia de zancudos que tapiza su piel, reclama: “¿Cuándo nos van a hacer caso? ¿Se necesita que otro niño caiga al río y muera como en El Salto, para que busquen remedios?”.

La conciencia llega con la contaminación

En 10 minutos ya hay más de 20 personas. Salvador Salcedo cuenta que la gente no era así; ahora “todos estamos estresados por esta forma de vida. Luego luego se mira cuando la gente no es pasible”.
Doña Rita relata que su hijo de menos de 10 años tuvo cáncer de hígado. “Lo primero que me preguntó el doctor es si vivía cerca de aguas negras… y pos qué le decía, que vivimos a una cuadra del Santiago”.

Con la voz adelgazada y la mirada rumbo al río –pintado de rojo- lleno de lirio y maleza, María Delgado pronuncia unas cuantas palabras: su niña murió de insuficiencia renal.

Al lado está María del Rosario Nuño, con una playera rosa, coloca su brazo izquierdo para ocultar sutilmente que hace un año perdió el seno, igual que su hermana. Las dos viven a menos de 200 metros del afluente. Remueve la ropa y enseña el hombro lastimado con una roncha roja alargada de por lo menos tres centímetros, “que no se quita con nada. La verdad es que por eso nunca bajo hasta acá, me da miedo”.

De uno en uno contaron sus historias. Todos tienen hermanos, hijos, tíos, papás o al menos conocidos con cáncer, sin contar el resto de padecimientos. María Eugenia Cruz, de poco más de 30 años, relata de uno en uno los cinco familiares que murieron por leucemia o tumores.

Nadie ha ido a investigar qué los aqueja. Pero ellos no dudan: la culpa la tiene “el veneno” del Santiago.

A las 20:00 horas, los zancudos “casi mutantes” declaran el toque de queda en Puente Grande. La gente huye a sus casas y se encierra con un raidolito para “espantar” a la peste, donde el centro de conversación son los enfermos, el mal olor, los moscos y el abandono gubernamental.

Para la mayoría, “todos somos culpables”. Salvador Salcedo reconoce que todavía falta mucha educación: “Aquí llegó la conciencia llegó con la contaminación”.

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