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Un viaje submarino sin salir de la ciudad


Mayte Osuna – PÚBLICO

Acalorados esperaban en la fila. Un sol infame acompañó por más de una hora a decenas de padres que llevaron a sus hijos a conocer el nuevo acuario del Zoológico Guadalajara. Unas flechas rojas se encargaron de guiar a los visitantes al recinto. El azul chillante en una pared y una multitud que no se movía anunciaba la entrada para ver a más de 95 especies marinas. Así se dibujó el escenario el día de ayer a consecuencia de la nueva atracción que abrió sus puertas. El que se anime a pasear a los niños y buscar un momento relajante y que traiga buen ánimo y paciencia. El furor de la nueva atracción se calmará terminadas las vacaciones, no se desespere.

Llegar al lugar fue sencillo; el asfalto que quema la planta de los pies durante la espera es la parte más difícil y extensa del recorrido. Los indecisos prefieren regresar otro día: “Mejor venimos otro día cuando no haya tanta gente”, explica Alberto.

Para Concepción, ésa no era una opción y se formó en la fila: “Nosotros andamos de vacaciones, ni modo de no venir. Yo les dije que viniéramos tempranito, para que no nos agarrara el calor, pero pues ni modo, ahora a aguantar”. A su alrededor el pasto se convirtió en la antesala para ver a tiburones y peces extraños. Conforme pasaban los minutos el jardín se transformó en un picnic gigante; los niños se acostaban en el césped en busca de sombra. Algunos padres, para no protestar, se fumaban un cigarro; otros, como Josué, se turnaban para hacer fila con su familia. Madres con carriolas y mucha paciencia era lo que necesitaban los visitantes, tanto como sus enormes botellas de agua.

Concepción se previno, llevó paraguas, sombrero y una bolsa de papitas. Después de metros de una caminata lenta, un pequeño techo de palma regala una reconfortante sombra. Abanicos y periódicos resultan insuficientes para hacer correr el aire. Envidiables los flamingos, mojan sus patas y aletean desganados mientras dan la bienvenida a la entrada al acuario.

La estructura en forma de piedras dirige a la multitud a lo que parece finalmente la puerta de ingreso. Cansados entran los visitantes a un ritmo pausado. La gente se topa con una tela verde, en la que unas chicas invitan a niños y adultos a posar para la foto del recuerdo. El calor se calma, y el sonido de una fuente ambienta el lugar. Para sorpresa y molestia de muchos, la fila continuó. La gente debía esperar cinco minutos más para que se desalojara el pasillo de entrada y poder caminar hacia adentro “¿nos vamos a echar otra media hora?, renegaba un señor. Fuentes iluminadas invitan a los visitantes a pasar, ahí a mano derecha está la primera pecera. Enseguida un cilindro presume los colores del pez disco y los maravillados asistentes toman fotos a cada una de las especies que se pasean sin titubear.

Son cuatro peceras las que preparan a los espectadores antes de caminar en el interior del túnel de ocho metros de largo.

Como si se tratara de un viaje en submarino, las burbujas suben por los lados, y los peces rodean el sitio. Algas y corales se dejan ver a través de los gruesos vidrios del túnel. La fila continúa y hay momentos en que la admiración de los asistentes entorpece el recorrido. El agua a los extremos y arriba desaparece. En su lugar se abre el pasillo a un salón amplio y fresco. El espacio es grande pero no aprovechable porque los asistentes deben seguir la fila. En el fondo se encuentra el estanque que contiene a los tiburones. Estos huéspedes comparten casa con las mantarrayas. Como si pudieran ver a través del vidrio, se acercan; no intimidan, pues su tamaño todavía no asusta. Hacen pausas para ser observados. El cristal por el que miran es limpiado cada tercer día por tres personas con trajes de buzo y esponjas especiales.

El camino continúa con dos peceras más donde se pasean el pez payaso y el escorpión. Luego unas tímidas langostas se dejan ver junto a unas rocas y unas pequeñas mantarrayas se deslizan suavemente sobre la arena y un estanque más anuncia el final del paseo. Ninguno de los que hicieron fila se perdió la exhibición. A pesar de que el sitio cierra a las 18:00 horas, sus puertas siguieron abiertas. Y esperan más visitas.

En números

$85 mil pesos se requieren para pagar el mantenimiento del nuevo acuario.

$90 mil para el pago de la luz.

$10 mil pesos se destinan a la alimentación de los peces.

9 personas participan en la limpieza de los estanques.

2 horas se requieren para limpiar el túnel.

15 minutos tarda limpiar el estanque de tiburones.

14 estanques en exhibición.

Contentos, pese a las largas filas

• Gael Uribe: “¡Las mantarrayas, papá! Eso fue lo que más me gustó. Bueno, y también los tiburones, me gustaron mucho porque son feroces”.

• Carmen Roxana Álvarez Gálvez, 8 años: “Me trajo mi mamá a conocer el acuario. Me gustaron mucho los tiburones, porque son grandes; también las mantarrayas, porque están muy bonitas… todo me gustó”.

• Martha Esquivel, 52 Años: “Venimos desde Michoacán, vengo con mis hijos y mi hermana. Todo está bonito, no vi lo que esperaba pero está bien. Está algo pequeño, pero digamos que es un buen esfuerzo. No me gustó que se tuviera que hacer fila adentro del acuario, había mucho espacio que no se aprovechó”.

• Eleazar Uribe: 31 años: “Mi familia y yo venimos desde Querétaro a conocerlo. La verdad es que el acuario sí está bonito, muy limpio. Lo único que no me gustó fue que nosotros hicimos como 30 minutos de fila [para poder entrar a la exhibición], y la verdad es que sí es muy cansado estar formado todo este tiempo en el sol”.

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